RELATO NOVELESCO               
          Literatura de viajes con aires de novela

Lo que las ondas esconden

Un relato imaginario sobre vivencias reales

Sinopsis

David es un periodista que nos sumerge en el mundo de los viajes por el desierto del Sahara con todas las vivencias y conocimiento del pueblo tuareg que traen consigo este tipo de itinerarios, mitad antropológicos mitad aventura. Su experiencia y afición por la fotografía le llevan hasta las ondas radiofónicas donde descubre que el mundo del turismo no es como nos lo dibujan desde fuera. Política y chantajes se mezclan a partes iguales con lo que puede parecer un mundo onírico. Aeropuertos sin aviones, estaciones del AVE sin pasajeros, autopistas que cruzan espacios naturales protegidos y proyectos urbanísticos que son pura especulación, son sólo algunas de las cosas que se regalan a los oídos de los políticos, más preocupados de mantener su poltrona que de realizar el bien común.

Un relato literario donde de la mano de un periodista de viajes descubriremos lugares emblemáticos de nuestra geografía no exentos de encuentros amorosos vividos en primera persona por nuestro protagonista. Una profesión -la de periodista- que le lleva por medio mundo donde conoce otras costumbres, revive pasiones y se da cuenta que los paraísos perdidos no existen.

A través de las ondas

Las ondas radiofónicas llegaban muy lejos. Cada sábado y cada domingo miles de radioyentes se dejaban seducir por propuestas turísticas que les acercaban a lugares míticos. ¿Míticos, salvajes, vírgenes?, David, uno de los colaboradores del programa sabía que estos rincones no existían. Es más, intuía, a fuerza de ser repetitivos, que todas las excelencias que se contaban en aquél medio radiofónico tenían como contrapartida el pago de una suma de dinero. Los publirreportajes o reportajes encubiertos, eran y son la forma de promoción empleada por numerosos medios televisivos, literarios y radiofónicos. A David, algunos de sus amigos le interpelaban constantemente. –¿Es que no existen otros destinos en España? Siempre contáis lo mismo año tras año. Y además, cuando los políticos se acercan a la alcachofa -argot que se solía utilizar para mencionar el micrófono- no hay quién los pare; parece que estén en plena campaña y nos obligan a cambiar de frecuencia–. David sabía la respuesta y a él mismo le fastidiaba aquél sistema de promoción encubierta con algunos de los capitostes que se acercaban al programa encausados en casos de corrupción. Además, lo que podía ser una buena promoción del destino, se volvía en su contra al perder audiencia por el ego desmesurado de algunos interlocutores.

Los paraísos no existen

Volviendo a los "lugares vírgenes", como había escrito el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, una de las grandes figuras en su género que nos había dejado en octubre del 2009 a la edad de cien años "cuando alguien escribe sobre un paraíso perdido lo empieza a matar". A David, estas palabras le habían acompañado en muchos de sus periplos, sobretodo por el norte de África, territorio al que había viajado de mil maneras. Mil por supuesto serían muchas, pero sí tres o cuatro: a bordo de un todoterreno, a lomos de camello y enrolado en desvencijados camiones alemanes. Todos estos viajes le habían llevado a conocer culturas muy diferentes y a practicar como no, su afición preferida: la fotografía.

Los últimos decenios del siglo XX era una época muy creativa. Políticamente se había luchado contra una dictadura; se idealizaba sobre la organización de las sociedades tribales; y este tipo de viajes, además de buenas imágenes y reportajes para publicar en las numerosas revistas del país, proporcionaban encuentros amorosos entre los componentes de la caravana, aunque hubiera que rivalizar con los "hombres azules del desierto". Los tuareg, con su aspecto altivo y su aureola mítica, en la seducción con las mujeres occidentales siempre eran dignos contrincantes a tener en cuenta.

Los viajes a la tierra de los "hombres azules"

David, a fuerza de cruzar el Sahara por distintas rutas, se había vuelto un gran conocedor del pueblo targuí donde la mujer, a diferencia de otras sociedades islamizadas tenía un rol destacado. Los tamahaq o tamacheq, nombre con el que los mal llamados tuareg preferían identificarse, era el vocablo con el que se designaba a su lengua y que arranca del verbo iohargh que significa ser libre. Este pueblo había sido obligados a aceptar el islam impuesto por las sociedades árabes dominadoras del norte de África. Sea por esta u otras cuestiones, la religión la habían adaptado a sus costumbres y una de ellas era el papel que ocupaba la mujer en torno a la que giraban muchas decisiones de la vida tribal. Ella era la depositaria de la cultura y las tradiciones, educando a los hijos y enseñándoles a leer y escribir. Al pasar muchos meses sola como consecuencia de que el hombre debía partir con la caravana, era la responsable de organizar la vida en el campamento, buscando nuevos pastos si era necesario y dirigiendo a los sirvientes; además, tenía el privilegio de recibir a los huéspedes y obsequiarles con un vaso de leche como señal de bienvenida.

En cuanto a la conducta social, en las numerosas fiestas que se celebraban a lo largo del año, el elemento femenino jugaba un papel destacado. El tindi era probablemente de las más importantes cuando las condiciones de pastoreo y el agua eran muy favorables. Muy diferente era el ahal o fiesta del amor, a la que asistían los jóvenes y que empezaba normalmente con el assihar, especie de salón literario al aire libre conducido por una mujer de edad que conocía múltiples leyendas. La celebración solía terminar con numerosos escarceos entre los más jóvenes después de grandes dosis de te. Dicho esto podemos deducir que las relaciones prematrimoniales eran más que aceptadas por este mítico pueblo del desierto que llegó a ocupar grandes extensiones de territorio y que, como consecuencia de la colonización, sin estado propio, se ha visto postergado a subsistir dentro de otros países que no los aceptan.

La colonización europea

Un pueblo tan rico en costumbres y tradiciones que había desarrollado su propia ley de conducta, era obvio que no iba a encajar en el puzzle africano diseñado por los europeos. Por un lado la colonización francesa de finales del siglo XIX, principios de XX había traído nuevos aires "democratizantes" a estas tierras. Primero abolieron la esclavitud con lo que privaban a los tuareg de su mano de obra; segundo castigaron las razzias que estos realizaban contra las caravanas al exigirles un peaje. En 1917 los tuareg lucharon encarnizadamente pero sin demasiado éxito contra el invasor francés, aprovechando las dificultades que estos pasaban durante la Primera Guerra Mundial. A partir de 1954, fecha del levantamiento argelino, instigados por los propios franceses quisieron rehacer la Confederación de tribus, pero todo fue en vano pues en los acuerdos de Evián que pusieron fin a la guerra en el año 1961 y dieron paso a la nueva nación argelina, no se recogió su particularismo ni sus aspiraciones autonómicas.

Primero franceses y luego árabes no reconocía sus derechos y les imponían unas reglas que les impedían seguir con su sistema de vida: la trashumancia y la libre circulación de caravanas al establecer unas fronteras. La aparición del camión y otros medios de transporte haría el resto, por lo que un pueblo orgulloso y de noble pasado, en poco tiempo veía como pasaban de señores a mendigos del desierto. Las etnias que gobiernan en Argelia, Níger y Mali a las que estuvieron enfrentadas antaño y a las que muchas veces sometieron por la fuerza, ahora se convertían en sus gobernantes.

Se les obligó a sedentarizarse y trabajar la tierra en pueblos levantados por el nuevo estado argelino mientras ellos siempre fueron nómadas. Las soluciones pasaron por enrolarse como mano de obra en las explotaciones petrolíferas; montar agencias de viaje cambiando el camello por el todoterreno, aprovechando una época en la que una porción de europeos-aventureros quería conocer nuevos paisajes; o dedicarse a la artesanía para satisfacer la demanda de objetos que estos nuevos turistas querían llevarse a sus países de origen. Fue una época envuelta de un cierto romanticismo, en la que el fenómeno tuareg se puso de moda. Todo aquél que se otorgaba el marchamo de buen conocedor del desierto, debía viajar a Tam -abreviación de Tamanrasset- como mínimo un vez al año. Ahora, con los conflictos bélicos a flor de piel y los secuestros de viajeros como moneda de cambio, también este mundo ha perdido interés y la supervivencia del pueblo tuareg sólo pasa por la consecución de un estado propio.

CAPÍTULO 2

Los viajes "aventura". El valle del M'Zab

David había aprendido mucho en aquellos viajes sobre el pueblo tuareg, pero también en lo que respecta a las relaciones con los demás. Los grupos, en situaciones difíciles, o tienden a unirse utilizando el concepto de solidaridad como lema común o se rompen por los enfrentamientos entre los lideres. También, como no, David había vivido algún flirteo que con el regreso a la civilización occidental se había diluido como agua de mayo.

Aquél viaje iba a ser distinto por muchas circunstancias. -Llevábamos varios días de travesía dejando atrás la capital de Argelia y la ciudad de Laghouat y los pesados camiones Magirus avanzaban por una carretera bautizada pomposamente como "la Transaharina". Antes de partir a un viaje tan largo y pesado, los vehículos se habían sometido a una profunda revisión que incluía el repintado de la carlinga de un beige arena. El asfalto permitía una circulación relativamente rápida aunque con la atención constante de no caer en la trampa de los grandes agujeros que se prodigaban en aquella maltrecha ruta. A ambos lados, dunas y más dunas, montañas de arena que con la puesta de sol se tornaban de color rojizo. Un paisaje sugerente frente a nuestros ojos que cada día nos obligaba a parar a la misma hora para disfrutar de la belleza de aquellas imágenes. Después de cinco días de travesía nos habíamos detenido en Ghardaia para reparar el vehículo y recabar provisiones. Esta población del valle del M'Zab, a seiscientos kilómetros de la capital y a las puertas del Gran Erg Occidental, formaba parte de una pentópolis donde, además de Ghardaia se encontraban Beni Isguem, Melika, Bou-Noura y El Ateuf. Sus habitantes, los mozabitas, practicaban una religión, el ibadismo que podemos considerar como una rama del Islam.

Esta filosofía religiosa no adscrita ni al chiismo ni al sunismo, predica la hermandad entre todos los musulmanes y la resolución de los conflictos por vía pacífica. En cierta manera apuesta por una separación entre política y religión, y sus lideres son elegidos, no por su vinculación a determinados linajes, sino por su capacidad intelectual. Toda una declaración de principios en los actuales tiempos que vivimos.

Los mozabitas eran bereberes que practicaban una forma de puritanismo igualitario "una especie de protestantes del Islam" y se dedicaban mayoritariamente al comercio. Habían sido represaliados a principios del siglo X por los ortodoxos chiitas de ascendencia árabe, hasta encontrar refugio en el valle del M'Zab. El aspecto exterior de sus casas era más bien modesto, para mantener una forma identitaria común y con pequeñas aperturas al exterior para ver sin ser visto. Era en el interior de la vivienda donde cada cual hacía ostentación de sus riquezas.

De todas formas, la sociedad mozabita era muy impermeable a las costumbres externas y desarrollaba unas formas de vida muy particulares. Mientras los hombres emigraban a otras tierras en busca de negocios, a las mujeres, verdaderas garantes de las costumbres, no les estaba permitido salir del valle. Escondían su cuerpo y rostro bajo vestimentas completamente blancas -el hawli- dejando sólo un ojo al descubierto y sobretodo se ahuyentaban ante la presencia de cualquier extranjero y más, si iba provisto de una cámara fotográfica. Por el contrario, estas imágenes, a veces fantasmagóricas entre las intrincadas callejuelas de la ciudad, se convertían en mi principal objetivo fotográfico por lo que, el teleobjetivo se hacía inevitable-.

Junto a cada ciudad amurallada de intrincadas y estrechas callejuelas, florecía un vergel con más de doscientas mil palmeras alimentadas por pozos cuya agua, muchas veces se había ido a buscar a más de cincuenta metros de la superficie. Bajo su sombra, una amplia red de canales de regadío se encargaban de alimentar una huerta donde crecían todo tipo de verduras y hortalizas. Allí, David junto con otros compañeros del grupo congeniaba con algunos amigos de Ghardaia que, a fuerza de repetir viajes ya les esperaban. Alrededor de un suculento cus-cus enriquecido con carne de cordero, charlaban y cantaban. David reflexionaba: A ellos si les estaba permitido entablar conversaciones y todo lo que se presentará con nuestras compañeras de viaje, en cambio nosotros, a sus mujeres ni mirarlas.

A esta hora del atardecer donde la luz prolonga las sombras, David se había desplazado hasta el cementerio de Melika. En lo alto de la colina, la tumba de Sidi Aïssa y su familia estaba formada por pináculos redondeados de un blanco impoluto. Estas construcciones servían de templo a los morabitos, santones que venerados en la religión islámica son los únicos que una vez enterrados tienen un reconocimiento especial. Cuentan que aquellas formas arquitectónicas de las mezquitas y cementerios del M'Zab, hoy reconocidas como Patrimonio de la Humanidad, sirvieron de inspiración a Le Courvoisier para edificar la capilla de Ronchamp (Francia). La verdad es que el lugar transmitía una gran sensación de serenidad.

Los pensamientos de David volaban en aquella hora del tornasol mientras el mujahidin lanzaba sus prédicas al viento. El día anterior había vivido una intensa noche de amor a la "belle etoile" con Silvia y aquella atractiva mujer que durante tantos días le había quitado el sueño, ahora quién sabe, estaría compartiendo otros momentos con Ben Miliki, uno de los amigos de Ghardaia. Las mujeres occidentales aprovechaban estos viajes para desinhibirse de ciertos prejuicios que las atenazaban en sus sociedades de origen. Sea por el exotismo o con la idea de experimentar nuevas sensaciones, no era extraño que se dejaran seducir por los nativos y más, si por medio había alguna hierba para fumar.

Le soleil chauffe la tête

-Avanzábamos lentamente, unos 300 km diarios y nuestra próxima parada sería El Golea, un oasis situado a 245 km al sur de Ghardaia. La casualidad hizo que nos detuviéramos frente a una gran casa cuya tapia escondía un bello patio interior. Nos salió a recibir Florence, una joven francesa de pelo castaño y mirada seductora que se había establecido con un argelino en este rincón de mundo. Nuestra mirada interrogante probablemente escondía una pregunta. Sin que saliera de nuestra boca y como adivinando el gesto, la mujer nos dijo: "Le désert pleure pour qui ne le connais pas et cest qui le connaît pleure por le désert". Esta frase que había salido de sus finos labios, venía a dar respuesta a nuestros interrogantes. ¿Qué hacía aquella mujer en medio de la nada con un árabe? ¿Una historia de amor olvidada y reproducida de nuevo? ¿Un viaje de aventura que terminó sin retorno? Lo cierto es que imagen y frase se reproducirían muchas veces en mi mente, cuando, de regreso a la civilización occidental añorara aquellos momentos-

Nos ofrecieron una tajada de sandía a cada uno para apaciguar una sed producida por el sofocante calor del desierto. Precisamente en estos viajes, además de otras cuestiones, las cosas más insignificantes toman una gran importancia. Un pedazo de sandía, un vaso de vino, un trago de coñac para animar las frías noches..., cosas superfluas en nuestra sociedad de la abundancia, aquí cobraban especial relevancia. Lo mismo que la solidaridad en los momentos difíciles en los que todo el mundo tenía que arrimar el hombro o por el contrario las discusiones -"le soleiel chauffe la tête" se solía decir- cuando en el pequeño grupo surgía alguna voz discordante.

El Golea poseía también un exuberante oasis donde se distribuían los tres niveles de cultivos. Bajo un mar de unas doscientas mil palmeras toda una suerte de árboles de fruta dulce proporcionaban nísperos, ciruelas, albaricoques, naranjas, etc. En otro nivel más bajo crecían cereales y legumbres, sobretodo habas y espárragos. Dominando el oasis se podía ver los restos del antiguo ksar, la fortaleza que daba nombre a la población (El Golea significa ciudadela).

A 63 km de esta localidad, en medio del desierto la carretera se bifurcaba. A la derecha iba hacia Timimoun, un bonito palmeral tras del cual el sol ofrecía unas bellas postales en el ocaso. Desde esta población partía la ruta bautizada como la Tanezrouft por ser este el nombre de la región que atravesaba. Nosotros íbamos a seguir recto por la ruta Transaharina poniendo rumbo hacia In Salah, de donde nos separaban 400 km.

El asfalto se había trasmutado en una ancha pista de tierra donde cada cual buscaba la mejor camino para avanzar. La "tole ondulée" era una verdadera pesadilla tanto para los coches como para sus ocupantes. El paso de pesados vehículos cargados hasta los topes, debido a la velocidad, formaba una especie de oleaje continuo en el terreno que nosotros bautizamos como "uralita" por la similitud con este tipo de cubierta. Este traqueteo sometía a los vehículos a un desgaste suplementario, sobretodo por todo lo que tenía que ver con el sistema de suspensiones. Había dos teorías para avanzar sobre aquél tipo de terreno. Una consistía en acelerar, para que el coche fuera saltando de cresta en cresta y otra en aminorar la marcha para que el vehículo fuera siguiendo las protuberancias del terreno. Nosotros apostamos por esta última, entre otras cosas, porque nuestros camiones tampoco podían alcanzar grandes velocidades.

A esta inconveniencia se unía el tener que atravesar el altiplano del Tademaït, nombre que en la legua tamahaq significa "desnudo como la palma de la mano", una vasta extensión de 300 km sin ninguna referencia geográfica. Al no tener ninguna cadena montañosa que sirva de protección, cuando sopla el viento lo hace a una velocidad inusitada, en forma de sucesivas oleadas o formando torbellinos. La visibilidad disminuye considerablemente y el polvo se introduce por cualquier rendija del vehículo llegando a saturar el filtro de aire del vehículo.

Un cementerio de metal

In Salah era una localidad sin valor patrimonial aparente. Un gran arco de entrada construido en adobe nos daba la bienvenida como en la mayoría de ciudades argelinas. Antiguamente, por su situación, fue un núcleo muy importante en el comercio de caravanas y funcionaba como un gran mercado de esclavos. Estos eran apresados por los tuareg en el África negra, en los poblados del delta del Níger y en el mercado constituían moneda de cambio por camellos, te, azúcar y ropas por ejemplo. También eran empleados en la construcción de la red de fogaras, canalizaciones que, a partir de las capas freáticas, aprovechando el suave desnivel del terreno conducían el agua hasta los palmerales. Estos trabajos, sumamente peligrosos pues había que cavar a mano bajo tierra, una vez abolida la esclavitud nadie los quiere realizar, por lo que, con el paso del tiempo, muchos de estos conductos se están obturando y poniendo en peligro esta forma de irrigación tan antigua.

Actualmente, la importancia de In Salah radica en los yacimientos de gas y petróleo, así como en las plantas de procesamiento, por lo que para nosotros, lo único positivo en esta localidad era la posibilidad de repostar combustible, agua -el término In Salah hace referencia a su condición de manantial- y productos frescos en el mercado. En este caso estábamos hablando de verduras ya que los huevos los vendían cocidos -debido al calor era la mejor forma de conservarlos-. De la carne mejor ni mencionar. Las supuestas tiendas expendedoras de piernas y costillares de cabras, con la mercancía expuesta al aire libre, tenían a los enjambres de moscas como sus principales clientes, por lo que, era mejor volverse vegetariano y alimentarse de verduras hervidas -no crudas-, latas de atún, huevos duros y frutos secos, nada desdeñable si ocasionalmente este ágape se podía acompañar con algún Rioja crianza, producto del que se había hecho un cierto acopio antes de emprender el viaje y que, convenientemente protegido y lejos de miradas islámicas, se encontraba camuflado entre el equipaje.

Un descanso en la ruta siempre era bienvenido en el numeroso grupo y también lo agradecían los recalentados motores de los dos Magirus que eran sometidos a una profunda revisión. David había iniciado una relación con Silvia que se prolongaba cada noche lejos de las miradas de los demás componentes del grupo. -Verás, cuando lleguemos a Tamanrrasset te encantará. Es la gran capital del Sur y la avenida principal está llena de tamarindos. Es un buen lugar para aprovisionarse ya que, además del mercado, hay tiendas que a modo de bazar, ofrecen un poco de todo-.

La ruta transahariana se abría paso por el desierto del Sahara a través de una pista balizada y polvorienta. Los pasos difíciles estaban jalonados de vehículos que ya habían perdido su energía para avanzar por aquél territorio inhóspito. Sólo resistía el chasis corroído por el viento y la arena, ya que las demás piezas probablemente habrían sido aprovechadas por otros conductores para subsanar problemas.

Resultaba curioso como en aquél territorio, cualquier pieza u objeto alcanzaba un valor incalculable, sobretodo cuando la necesidad te obligaba a acuciar el ingenio. El simún, cuando soplaba, podía llegar a alcanzar el centenar de kilómetros por hora. A esta velocidad transportaba los granos de arena de un lugar para otro provocando, además de problemas respiratorios a las personas, un desgaste sobre las carrocerías de los vehículos que, con el tiempo, acababan sin ningún vestigio del color primitivo. Esta especie de cementerio de esqueletos de metal se extendía al cruzar los montes Mouydir, un paso difícil entre arena y formaciones rocosas que alcanzaban los mil quinientos metros de altura.

Esporádicamente, en aquél trayecto sahariano te cruzabas con camiones cargados hasta límites insospechados que avanzaban a duras penas. Cuando nos deteníamos para solventar algún problema sucedía algo inaudito; de la nada, como por arte de magia, siempre surgía alguien dispuesto a ayudar o como mínimo, observar aquellos personajes en busca de aventura en un país que necesitaba otros recursos. Era un mundo que se movía entre la solidaridad, la curiosidad y también porque no, con el intercambio.

CAPÍTULO 3

Tam para los amigos

Para llegar a Tam -vocablo con el que los avezados en viajes saharianos denominaban Tamanrrasset- había que recorrer otros 650 km. La conocida como "capital del sur" nos recibía con el típico arco de bienvenida coronado de vértices. Allí, además de unos cien mil habitantes entre la población principal y los núcleos de alrededor, se reunían todo tipo de personajes en una especie de hippylandia viajera. Habían llegado a bordo de distintos medios y esperaban la oportunidad de enrolarse en algún autobús o camión de transporte local. 

En la ciudad de Tamanrrasset, donde se gozaba de un buen ambiente, la verdad es que se podía adquirir un poco de todo. Existían varios hoteles que aunque nuevos, como en la mayoría de los casos en todo el sur de Argelia, siempre había servicios que habían dejado de funcionar o mejor dicho, nunca funcionaron. Además, sus precios eran excesivamente caros por lo que, la mayoría de viajeros aventureros preferían dormir en sus vehículos o en tiendas de campaña.

Cerca de esta población se levantaba el Hoggar, un macizo cuya extensión superaba los 400.000 km2, con una población que no excedía de los diez mil habitantes. La mayor parte de este vasto territorio estaba por explorar pero en lo alto de la montaña del Assekrem, a 2.780 metros de altura, un ermitaño cada día recibía en su pequeño templo a cuantos quisieran acercarse a gozar de unos minutos de paz espiritual. -Aquí se retiró el padre Charles de Foucauld -comentaba David- a realizar vida contemplativa y acercarse a Dios desde la soledad. El 1 de diciembre de 1916, en plena guerra con Francia, fue asesinado en Tamanrasset a la edad de 58 años, por un grupo de tuareg. Había dejado la formación militar para seguir el ejemplo de Jesús y aquellos a los que había ayudado le traicionaron en el último momento. Sus restos reposan al lado de una iglesia cerca de El Golea aunque hay quién dice que su corazón fue enterrado en Tamanrasset. Con el paso de los años otros hermanos de la misma comunidad tomarían su testigo.

El grupo hacía en Tamanrasset parada y fonda durante varios días, quién sabe si una semana entera, para que cada cual se dedicara a sus trapicheos o a explorar los territorios del sur sahariano. David tenía interés en adentrarse por el macizo del Hogar y llegar hasta el Tassilli N'Ajjer cerca de la frontera con Libia. Había leído varios libros de Henri Lhote que describían todo un mundo de gravados rupestres, los cuales, a tenor de la opinión de numerosos estudiosos en la materia, describían un desierto del Sahara lleno de vida y vegetación. Tenía interés en profundizar sobre las teorías que el planeta se estaba sometiendo a un estrés meteorológico debido a una sobreexplotación. Para afrontar esta expedición había seducido a Silvia con su gran poder de comunicación y a un par de compañeros más, los necesarios para alquilar los servicios de un guía con vehículo todo terreno, ante la imposibilidad de acercarse hasta allí con uno de los camiones.

Los tuareg, grandes conocedores del desierto, suprimida la posibilidad de organizar caravanas debido a los cambios que había experimentado la sociedad, se habían abierto al incipiente turismo que se acercaba al sur del Sahara. Con nombres de empresas rimbombantes evidentemente en francés -Les etolies du Sud, Mehari, Rose du sable...- y carteles que alcanzaban una gran creatividad gráfica, manejaban viejos todo terreno que a veces uno no sabía como se mantenían en pie. El coche mejor valorado para estas travesías por aquellos parajes pedregosos salpicados de altas dunas, era el Toyota Land Cruiser y Al Meliki, que durante unos días se convertiría en nuestro guía y conductor, poseía uno.

Teníamos que cargar provisiones al menos para los tres días que podía durar la travesía hasta Djanet pasando por el Assekrem. En esta población bautizada como "la perla del Tassilli" podríamos repostar comida y combustible antes de acceder al mundo rupestre del Tassilli n'Ajjer. Manos a la obra, llenamos varios bidones de gasolina, también cincuenta litros de agua, compramos dátiles, fantásticos compañeros de viaje ya que ocupan poco espacio y aportan muchas calorías, huevos duros y latas de atún y sardinas en aceite de procedencia argelina, además de pan y galletas. Lo imprescindible; tampoco se podía cargar en exceso el vehículo ya que luego todo eran inconvenientes para avanzar por la arena. De todas maneras, seguro que deberíamos emplear más de una vez las planchas de arena para salir del atolladero, además de tener que empujar de lo lindo.

En ruta por el Hoggar

A primera hora de la mañana nos pusimos en marcha para alcanzar el refugio del Assekrem antes de que anocheciera. La pista iba buscando el paso entre grandes montañas de roca basáltica que por su forma, se asemejaban a los tubos de un órgano. -Fíjate como se desmoronan estas montañas, comentaba David. La acción del viento y la arena, además de la diferencia de temperatura entre el día y la noche, hacen que se desprendan grandes bloques de roca. Con el paso de los años y con la ayuda del viento, todo se habrá convertido en arena-.

Silvia escuchaba con atención las explicaciones y replicaba. -Años serán muchos los que tarden todas estas montañas en volverse arena. Por suerte o por desgracia ni tú ni yo estaremos ya en este mundo para verlo. Antes pero, adivino que nos quedan muchas cosas por vivir-. Tomaba la mano de su nuevo compañero de forma cariñosa, a la vez que dejaba escapar una sonrisa de complicidad.

Silvia era una mujer despierta, de mediana estatura y corta melena de tono castaño. De cara angulosa, destacaban unos ojos color grisáceo-verdoso cuyo tono cambiaba con la luz. De su cuerpo frágil pero bien formado, siempre se adivinaban bajo la camiseta unos pechos turgentes. Esta era una imagen que a David le seducía y más ahora que ya había podido descubrir y acariciar su suave piel.

La distancia entre Tamanrrasset y el refugio del Assekrem donde debíamos pernoctar, no superaba el centenar de kilómetros, pero por aquellos parajes y bajo el efecto del calor se podía hacer interminable. A nuestra izquierda aparecía el pico Leperrine, un caos de rocas con una extraña forma de sombrero. La ruta estaba salpicada de acacias espinosas cuya sombra era el único lugar para guarecerse cuando el vehículo pedía un descanso. Dromedarios sin propietario aparente, pastaban a sus anchas. Resultaba curioso observarles como daban cuenta de las hojas de un árbol cuyas ramas se protegían con pinchos de un par de centímetros. Era el momento de sacar la cámara fotográfica que durante el trayecto permanecía envuelta en su receptáculo -cualquier protección contra el polvo era poca- y registrar imágenes buscando los contrastes entre la vegetación y la austeridad de la piedra.

Una vez superado el collado del Assekrem llegaron al refugio donde se acomodaron. La utilización de esta palabra resultaría demasiado pomposa cuando, de lo que se trataba, era de buscar un lugar para extender la estirilla y el saco de dormir. Las noches acostumbraban a ser frías y había que instalarse en algún rincón resguardado. La posibilidad de pernoctar en el refugio tenía como finalidad emprender la ruta a pie a primera hora de la mañana y así ver la salida del sol desde lo alto. El frío apretaba y alrededor del fuego era un buen momento para charlar. Al Meliki, nuestro guía, era un buen orador. Su descendencia de una familia donde el abuelo había sido amenokal de varias tribus, le confería un gran conocimiento sobre las costumbres y el futuro de su pueblo.

-A los tuareg el gobierno argelino nos obligó a sedentarizarnos y trabajar la tierra en pueblos levantados por el nuevo estado. Nosotros siempre habíamos sido nómadas, seguía Al Meliki. Las soluciones ahora pasan por enrolarnos como mano de obra en las explotaciones petrolíferas, montar agencias de viaje cambiando el camello por el todoterreno, aprovechando que una porción de europeos-aventureros quieren conocer nuevos paisajes o dedicarnos a la artesanía para satisfacer la demanda de objetos que estos nuevos turistas desean llevarse a sus países de origen. En estos momentos no le veo demasiado futuro a nuestra sociedad, a no ser que con el tiempo consigamos un estado propio.-

A Silvia y a David aquellas palabras no le sonaban nada extrañas. Pasaron la noche juntos, metidos en sus sacos de dormir, muy apretados, hasta sentir las respiraciones acompasadas. No era momento para juegos y si para la reflexión. El cielo estrellado lucía de forma espectacular sobre sus cabezas. La ausencia de contaminación lumínica y el aire puro les permitían observar cientos de miles de puntos luminosos que como luciérnagas brillaban en la oscuridad del universo. Son momentos de sosiego y tranquilidad de espíritu difíciles de percibir en otras latitudes. David interpelaba a Silvia sobre los motivos que le habían inducido a enrolarse en aquél viaje. Ambos se habían conocido en un bar del barrio de Gracia al que solían acudir viajeros, jóvenes escritores y gentes diversas amantes de la solidaridad y que tenían en común su pertenencia a organizaciones que abogaban por una sociedad alternativa. Una amalgama que convertía al Stanley -así se llamaba el local- en una especie de foro alternativo. Era primeros de noviembre y el frío apretaba; la temperatura descendía rápidamente dando la razón al dato que apuntaban todas las guías dedicadas al Sahara: un gradiente de 40 ºC entre el día y la noche. En aquellas montañas no era nada extraño que en esta época del año la temperatura rondara los 0º C. Era pues el momento de cerrar los ojos ya que, aún de noche, debían acometer una senda pedregosa de fuerte pendiente para alcanzar la cumbre antes de la salida del sol.

A las seis de la madrugada, como sombras en la oscuridad, las personas se movían torpemente. Era un pequeño reguero de figuras que iba a la búsqueda de vivir un bello momento. Al llegar a la cumbre, los cuerpos por el esfuerzo ya se habían calentado un poco. En la penumbra se recortaba la ermita que había servido de hogar al padre Foucauld y que ahora ocupaba otro hermano de la misma congregación. Todo el mundo, las dos docenas de personas, habían tomado acomodo entre las piedras con la vista puesta al oriente. Al poco el cielo empezó a teñirse de violeta, luego anaranjado hasta que el astro sol empezó a ganar altura entre las montañas. Fue un momento mágico, inmortalizado por cientos de disparos que con el ruido de la cortinilla rompían el silencio. A David le vino a la memoria las palabras de Lévi-Strauss, cuando comentaba que los pocos paraísos que quedan los vamos matando día a día.

David y Silvia se cogieron la mano con firmeza. No muy lejos del Assekrem se recortaba al oeste la silueta del Tahat que con sus 2.918 metros era la cumbre más elevada, no sólo del Hoggar sino de toda Argelia. Hasta donde alcanzaba la vista montañas y más montañas de roca desnuda aparecían en sucesivos planos. Era un paisaje inimaginable que probablemente nunca más volverían a ver. -Vamos a misa susurró David-. Hacía muchos años que no acudía a una celebración religiosa, pero allí, junto aquél sacerdote polaco, sentados en el suelo y rodeados de gentes de diversas nacionalidades, todo parecía distinto. Cada día, después de la salida del sol, oficiaba una sencilla misa, luego, los que se habían acercado a aquél improvisado templo le obsequiaban con algún presente en forma de comida o te. Al final, un desenfadado debate apostaba por un mundo distinto.

Caminos de arena y estrellas

Descenso de nuevo al campamento base y dispuestos a emprender el recorrido hacia el Tassilli N'Ajjer. La distancia hasta Djanet superaba los seiscientos kilómetros para lo cual, si no había grandes percances, emplearíamos un par de jornadas.

El camino transcurría por oueds secos que en algún momento habrían transportado corrientes de agua. Hace unos 8.000 años, el desierto del Sahara estaba sembrado de lagos y en el Hoggar florecía una vegetación cuyas semillas eran transportadas por las frecuentes lluvias que procedían del Mediterráneo. En realidad, este macizo actualmente convertido en un caos de piedra, había sido una verdadera reserva de agua donde los ríos corrían por doquier. Mucho antes, entre las eras terciaria y cuaternaria, un potente empuje interno provocado por distintas erupciones habría puesto fin a un territorio prácticamente llano donde crecían los cultivos. Estas erupciones dieron lugar a la creación de un alto macizo central, el Atakor, formándose alrededor de él una serie de altiplanicies también de origen volcánico, de más reciente creación cuanto más se alejan del núcleo principal. Cráteres, campos de lava, paredes verticales surgidas de la nada, materiales de gres y basalto formaban el paisaje esencial del Hoggar.

Nuestro Toyota avanzaba lentamente por un paisaje esculpido por el viento y la arena. Ahora eran finas agujas de piedra las que contrastaban con el cielo azul, más adelante formas redondeadas en un mar de arena que aparecían aquí y allá como esparcidas por un gigante. Era un paisaje bello que se tornaba fantasmagórico cuando el sol languidecía por el horizonte alargando las sombras. Habíamos dejado atrás Hirafok y Idelés con sus cabañas de caña y sus casas de bamco (barro y paja) y era el momento de buscar un lugar para acampar antes que anocheciera por completo. David sugería acercarse hasta un guelta cercano (surgencia de agua en un lecho rocoso donde también se acumulaba el agua de la lluvia) alrededor del cual crecía un poco de vegetación, pero nuestro guía Al Meliki se opuso rápidamente aduciendo que el agua atraía a los animales y entre ellos, las serpientes a las que los tuareg profesaban un odio ancestral. Sin lugar a discusión buscamos un grupo de acacias que nos proporcionarían un cierto cobijo y la posibilidad de alguna rama seca para encender fuego.

Enseguida el crepitar de las llamas inundó el ambiente, mientras que el calor de la fogata relajaba los cuerpos. La tetera ya estaba lista con el agua hirviendo y el ritual del te se volvía inexcusable. Además de reconfortante, aquél brebaje ayudaba a calentar los cuerpos. Una cena frugal a base de bocadillo de sardinas de lata, unos cuantos frutos secos donde no faltaban un par de dátiles y dos pequeñas tiendas acogerían nuestros cuerpos cansados. En una de ellas nos alojaríamos Silvia y yo que deseábamos tener unos momentos de tranquilidad e intimidad.

El cielo estaba despejado y la luna brillaba con fuerza; su luz, aunque tenue, se proyectaba al interior de la tienda bañando la piel blanca de Silvia. David besaba sus labios mientras acariciaba todo el cuerpo deteniéndose una y otra vez en aquellos pechos turgentes en los que, debido a la excitación, los pezones se adivinaban cada vez más erguidos. -Era una mujer muy sensible a las caricias que le prodigaba y nuestros cuerpos, a pesar del poco espacio de tiempo con el que se conocían, se acoplaban perfectamente-.

Con las primeras luces del día nos venía a saludar el moula-moula, simpático pajarillo de plumaje negro con marca blanca en la cabeza que los tuareg habían adaptado como fetiche. En la época en la que transitaban con las caravanas por el desierto, su presencia era sinónimo de algún oasis en los aledaños. Curioso hasta la saciedad solía posarse en los lugares más inverosímiles: la tapa de la tetera, el palo de la tienda y como no, las ramas de las acacias. Todos lo consideraban como un signo de buena suerte y por lo tanto, había que levantar el campamento para ponerse en marcha lo antes posible.

La jornada se preveía dura pues pensábamos recabar en Djanet antes del anochecer. Para ello debíamos rodear el monte Telertheba de 2455 metros de altura y afrontar la cadena de dunas que se extendía a sus pies. La pista serpenteaba entre el mar de arena buscando el mejor paso. El viento, empujando la arena, muchas veces hacía el camino intransitable y había que buscar alternativas. No resultaba fácil con un vehículo tan cargado y a menudo, había que echar pie a tierra y tirar de pala y planchas de desarenar para salir del atolladero.

En el grupo, compuesto por tres hombres y una mujer además del guía, había mucha solidaridad; se compartía todo y nadie se escaqueaba si se trataba de realizar algún esfuerzo como empujar o buscar leña. Todos teníamos ganas de alcanzar Djanet y más, con la posibilidad de pernoctar en algún camping u hotel. Una buena ducha y una cerveza fresca se presentaban como lujos de otro mundo. Dejando atrás lo que queda del fuerte Serouenout llegamos al fuerte Zaouatallaz -conocido antiguamente como Fort Gardel durante la ocupación francesa-. En este punto encontramos la pista que provenía de Illizi por lo que, el trayecto mejoraría considerablemente; nuestro objetivo estaba a sólo 164 km. Con las últimas luces del día llegábamos al palmeral de Djanet y buscamos alojamiento en el hotel Zéribas, nombre que proviene de las cabañas de cañas y paja que levantan las poblaciones nómadas. En este caso, las cabañas habían sido substituidas por habitáculos de cemento con los baños compartidos. Algo era algo, necesitábamos reponer fuerzas ya que, para visitar los grabados rupestres del Tassilli n'Ajjer había que hacerlo a pie, por caminos pedregosos que afrontaban fuertes pendientes y con la presencia en algún momento del fuerte calor del mediodía.

Continuará.....